domingo, 20 de noviembre de 2016

Reviviendo



A
l fin había llegado el día, mejor dicho, la noche; en la que se iba a unir físicamente al maravilloso hombre que esperaba pacientemente al otro lado de la puerta del cuarto de baño.
Dio las dos últimas caladas al Marlboro Ligth, con la justa ansiedad necesaria en ese momento, se bebió de un solo trago la copa de Verdejo, se miró en el espejo y colocó correctamente la goma de sus bragas, que había quedado doblada tras haberse sentado en la taza. Se plantó frente a la puerta, sujetando firmemente el picaporte con la mano derecha.
Sonrió. Se sentía preparada para volver a intimar. Tras esa puerta estaba su salvavidas. Y un salvavidas no puede dañar por contacto, al revés, los salvavidas salvan por contacto. Quién te descubre de nuevo la luz, no puede arrastrarte a la oscuridad, aunque todos tengamos partes oscuras —pensó.
No sabía porque estaba dilatando lo inevitable, ahora se sentía segura, hacía meses que no notaba el tacto de aquel monstruo sobre su piel, que no despertaba por la mezcla de olores; compuesta por la acidez de ese aliento viciado de cerveza y por la amargura de su sudor, y que le habían dificultado respirar tiempo atrás. Sabía que no podría olvidar haber sufrido una violación, pero había aprendido a vivir con ello.
Volvía a sentirse mujer, respiró y abrió la puerta con decisión, el mundo volvía a parecerle amable. Observó a ese maravilloso ser humano, sentado en la cama y se encamino a su lado. Todo estaba bien.

lunes, 31 de octubre de 2016

Nos faltaron sobremesas



Su día había sido demasiado largo, demasiado duro, pero sus ojos finalmente estaban viendo girar la llave en la cerradura de su hogar. Cerró la puerta tras de sí, dejó su maletín apoyado en el suelo, colgó la gabardina en el perchero de la entrada, se descalzó dejando sus zapatos italianos de cualquier manera y caminó por el largo pasillo hasta el salón, se sirvió una copa de vino, generosamente, y se encendió un cigarrillo mientras se desplomaba en el sofá.
Esa primera calada le devolvió la serenidad que la jornada le había robado, inspiró el humo y expiró el estrés, sacando fuera de su pecho el día de mierda que había tenido. Se encontraba bien, hacía horas que no sentía esa sensación, pero su vejiga no le iba a dar ni un minuto más de tregua. Volvió sobre sus pasos hacía el baño que estaba situado cerca de la entrada, y alivió la presión de su bajo vientre. Sonrió pensando en los pequeños placeres que nos da la vida, y no solemos apreciar.
Lavó sus manos y cara, y se encaminó nuevamente hacía el salón, pero a mitad del trayecto un olor inundó su pituitaria, olía como el champú de flores silvestres que usaba su difunta hermana. Se quedó petrificado, sus piernas no le respondían y el halógeno del pasillo se apagó en aquel mismo instante. El perfume de Ana se hacía más intenso y el miedo solo le dejaba tragar saliva tímidamente. Cinco años y medio habían pasado, casi seis años sin haber vuelto a la casa de sus padres, todo ese tiempo intentando poder olvidar aquel fatídico día de abril, aquella lluvia incesante y aquella furgoneta granate que impactó contra el lado derecho de su vehículo y puso punto y final a la historia de la dulce Ana.
Pero ¿de qué tenía miedo? Si se trataba de su hermana, no debía temer nada. Consiguió dar un pequeño paso, respiró y avanzó un metro más. Comenzaba a sentirse ridículo cuando un golpe seco se escuchó en la otra estancia, una sensación punzante bailaba en su estómago, aunque no estaba seguro si era por la posibilidad de ver un fantasma o por tener que enfrentarse a los propios.
Decidió armarse de valor y comenzó a caminar, estaba muy asustado, casi no quería alzar la mirada al llegar al salón, pero lo hizo y allí no había nada, ni nadie. Sonrió de forma nerviosa, y lleno de una falsa calma se encendió otro cigarrillo, se lo fumó con tanta ansiedad que se mareó y tuvo que apoyarse en una de las sillas del comedor. Entonces comprobó que una de las fotos sobre la mesa del comedor estaba caída, al levantar el marco y girarlo vio a sus padres con Ana en la fotografía, sonrientes y la sensación punzante volvió, pero en esta ocasión fue directa a su corazón. Se dirigió a la entrada, se calzó, cogió su gabardina y se convenció así mismo que había pasado demasiado tiempo lleno de culpabilidades, rencores y dolor. Con Ana le faltaron muchas sobremesas, no iba a cometer nuevamente el mismo error.

Diez minutos



U
n simple instante lo cambia todo, solo unas décimas de segundo y todo lo que tenías planeado se esfuma entre tus dedos sin que puedas hacer nada para evitarlo. Impotencia. Esa sensación que te consume y que es inevitable cuando tienes consciencia y lucidez. Me había dormido diez minutos más de lo habitual. Sonó el despertador y según lo apagué, caí profundamente dormido de nuevo. Ese pequeño lapso de tiempo acabó por descuadrar toda mi mañana. Realicé mi rutina diaria: ducha, vestimenta y primer café del día, pero con algo más de premura.
Allí estaba esperando la larga cola para poder recoger mi segundo café, este para llevar. Diez minutos y la cafetería que encontraba prácticamente vacía cada mañana, hoy estaba hasta los topes. Eso consiguió que la hora de entrada al trabajo se fuera acercando más rápido de lo que me gusta. Soy de esas personas a las que les gusta llegar con tiempo y de forma pausada antes de comenzar, con la vorágine que suele ser en mi caso, la jornada laboral.
Por ello, no presté atención al cruzar la calle y no vi acercarse a aquel todoterreno blanco, solo noté como mi maletín y mi café volaban alto, sobrepasando al vehículo y como una sacudida me golpeó y desplazó varios metros hasta que impacté contra la calzada. Todo se volvió negro. Aunque seguía oyendo las voces del resto de transeúntes, una mujer estaba pidiendo que se llamara a una ambulancia, después oí hablar al hombre que conducía el todoterreno explicando que crucé de repente, que no tuvo tiempo de frenar antes, su tono denotaba angustia. Y tenía razón. Deseaba poder decirle que sí, que había sido mi culpa, y así calmar su estado de nervios, pero descubrí que no podía hablar.
No soy consciente de cuánto tiempo transcurrió hasta que llegaron los servicios de emergencia. Comencé a notar y a oír, como empezaban con la exploración médica.
—¿Pupilas? —preguntó una voz masculina.
—Anisocóricas —respondió otra voz masculina, que pertenecía a alguien bastante más joven, más inexperto y que parecía estar alucinando, además—. Son totalmente diferentes, una está dilatada, la otra contraída y ambas son no reactivas a la luz.
—El pulso es muy débil y la respiración es casi inexistente. Preparaos para intubar —ordenó la primera voz, que debía pertenecer al médico del equipo. Noté perfectamente como el tubo raspaba mi garganta, pero, aunque fue una experiencia desagradable, mi cuerpo no opuso resistencia, no hubo amago de nauseas, solo percibí el dolor causado por aquel objeto extraño. En ese momento sentí miedo, y era un miedo real, como no lo había sentido jamás.
El trayecto en la ambulancia fue confuso, podía percibir los sonidos de la sirena y la maquinaria médica, escuchaba partes leves de la conversación que mantenían los sanitarios, pero nada de lo que escuché respecto a mi estado, era alentador. Por ello creo que mi dañado cerebro apagaba mis percepciones de una manera intermitente, como método de autodefensa. En nuestra llegada al hospital, cuando los sanitarios bajaron la camilla de la ambulancia, un suave golpe contra el suelo, activó parte de mi perdida visión, todo estaba borroso, solo podía distinguir bultos y los colores se difuminaban, realmente no podía diferenciarlos.
—Varón, treinta y pocos años, traumatismo craneoencefálico severo, anisocoria en pupilas, derrames visibles en ambos oídos, intubado por hipoxia —relató el doctor a otra figura borrosa que había salido a recibirnos. No entendí la mitad de las palabras, pero el contexto parecía claro y aterrador. Me iba a morir. Y me estaba enterando de todo.
La camilla voló por los pasillos del hospital, varias personas hablaban y se movían rápidamente a mi alrededor, no entendía muy bien su jerga, me sonaban algunas palabras de lo poco que había aprendido viendo series de televisión y películas. Pero hubo algo que entendí claramente.
—Ha entrado en parada —dijo uno de ellos.
Por primera vez, no noté nada, no me dolía nada, las descargas y toda la tensión que precedieron a las cuatro fatídicas palabras, parecía no estar pasándome a mí.
—Déjalo Sergio, es inútil. Hora de la muerte: diez y cuarto de la mañana. Preparemos el informe y avisemos a su familia —concluyó el bulto borroso plantado a mi izquierda.
«¿Cómo que déjalo Sergio? ¡Estoy aquí! Sergio, por favor, no dejes de intentarlo» —grité entre sollozos—. No me he ido a ninguna parte. Pero seguía sin poder hablar y tampoco me podía mover. Mi peor pesadilla se estaba haciendo realidad. Estaba siendo espectador de mi propia muerte. Lo último que vislumbre fue un pequeño bulto que se aproximó a mi rostro, sentí el tacto de una mano desnuda, sin guante médico, cerrando mis párpados con una delicadeza pasmosa. Había dejado de escuchar a mi alrededor. Estaba muerto y en estado de choque, si eso era posible.
Las horas siguientes fueron terribles, volví a sentir todo lo que pasaba. Son sensaciones muy difíciles de expresar las sentidas al notar como te asean, notar el tacto helado de la mesa del patólogo forense, sentir como te mueven para amortajarte y tapan tus orificios corporales. Escuchar los llantos de mi madre al identificarme y las despedidas de mis seres queridos y de personas que nunca me han importado. «¿Cuándo acabaría esta tortura?» Quién dijo que la muerte no duele, es porque no la ha experimentado. Estaba atrapado en un cuerpo sin vida, percibiendo como se iba descomponiendo sutilmente y no había nada que pudiera hacer, nada más que esperar que con mi incineración y por tanto la destrucción del que había sido mi lugar en este mundo, todo finalizara. No sabía que era el terror, el verdadero miedo, hasta que el calor del horno crematorio llenó la cavidad del ataúd, me estaba quemando y seguía siendo consciente.